Mi Cuarto Trastero: RETRATO DE INFANCIAS ROBADAS

15.12.10

RETRATO DE INFANCIAS ROBADAS

E
n Salvar a los niños soldado (DEBATE, 2004) el periodista corresponsal y fotógrafo cordobés Gervasio Sánchez hace un recorrido por veinte años de la historia del conflicto africano de Sierra Leona a través de la experiencia del misionero javeriano Chema Caballero. Un relato apasionante de cómo los niños son esclavizados en un conflicto armado, usados como escudos humanos y obligados a crecer antes de tiempo. Un retrato de infancias robadas.
Gervasio Sánchez, que destaca por haber cubierto los conflictos armados latinoamericanos durante los ochenta y todas las guerras balcánicas de la década de los 90, desgrana en este libro los pormenores del conflicto armado en Sierra Leona, un país que ha vivido enfrascado en una cruda guerra civil y de guerrillas desde que en 1895 el general Joseph Saidu Momoh ganara unas elecciones fraudulentas. Pero lo hace desde un punto de vista especial, el de los niños soldado que pasan por el proyecto de reintegración que dirige el misionero Chema Caballero. Un personaje con una historia asombrosa que también relata el periodista. 

El libro puede verse como un compendio de informes sobre distintos temas que están hilvanados por la crónica del conflicto y de las vivencias personales de Chema. La obra está dividida en tres partes y cada una se corresponde con un género periodístico diferente.
La primera, de 1999-2002, es quizás la más narrativa de todas y relata las experiencias del “Father” Chema –como lo llaman los niños– en el proceso de reinserción social de ex soldados infantiles. Son especialmente desgarradores los testimonios de varios de los jóvenes que el periodista rescata de entre los diarios del sacerdote. Cómo los reclutaron y secuestraron, cómo llegaron a la selva, cómo les obligaron a matar a sus padres o cómo fueron forzados a comer la carne de su primera víctima de fuego. En este sentido, también cabe destacar los relatos de muchachas que eran “usadas” por los cabecillas revolucionarios como esclavas sexuales. Todos debidamente identificados con el apodo de guerra del niño o su nuevo nombre, medida tomada para evitar en lo posible la estigmatización social.
La segunda parte, que abarca de 1985 a 1998, podría considerarse un extenso perfil del misionero. El autor retrata a Chema Caballero desde sus inicios en el sacerdocio en Madrid hasta su regreso a Sierra Leona después de haber sido trasladado al Bronx (Nueva York, EEUU) por motivos de seguridad. En todos los casos el javeriano, como el buen corresponsal, opta por integrarse en la sociedad en la que vive para conocer sus problemas y buscar soluciones desde dentro. Esto es algo que siempre reprochará a los poderosos, de los que piensa que viven alejados de la vida y de los conflictos que tratan y que se encierran en cifras y presupuestos a la hora de resolver un problema. Por otro lado, es reveladora la posición que el cura muestra hacia algunas de las convenciones de la fe Católica. Chema no comparte cantidad de los preceptos que defiende su Iglesia y esto se debe, sin duda, a lo que ha aprendido en su intenso trayecto vital. Además, se muestra dispuesto a llegar hasta el final con sus convicciones. Asimismo es muy interesante la crítica que hace de Juan Pablo II, uno de los papas más aclamados de la historia que, para el misionero, vino a ser demasiado mediático y a frenar algunos importantes avances acordados en el Concilio Vaticano II.  
La tercera y última parte recoge el bienio 2003-2004 y se compone de una serie de críticas que atacan los “pecados” de las ONG, las instituciones internacionales y los propios periodistas que acuden en masa al lugar del conflicto para cumplir con la fotografía de turno en cualquiera de los tres ámbitos. Los dos últimos capítulos del libro son especialmente significativos en cuanto que suponen una fotografía de la sociedad del país y un retrato de cómo por fin aquellos niños agresivos que han tenido que madurar antes de tiempo regresan asustados a los brazos de sus madres después de un largo proceso de reinserción en la sociedad.  
El espíritu crítico impregna cada página del libro y el final de cada parte incluye un análisis de uno de los puntos calientes del conflicto. El primer fragmento termina con un capítulo titulado “Los fracasos olvidados” en el que Sánchez hace gala de sus conocimientos sobre otros conflictos alrededor del mundo para poner en contexto lo que ocurre en Sierra Leona. Se consiguen éxitos, afirma el periodista, pero para llegar aquí hemos pasado por varios fracasos que deberían haberse evitado. La segunda división de la obra finaliza con los capítulos “El paraíso de la impunidad” y “Los diamantes ensangrentados” que hacen un escalofriante recorrido sobre los intereses del Primer Mundo en conflictos como el de Sierra Leona. Un mercado de armas procedentes de los países desarrollados que siguen financiando una guerra que luego se trata de frenar desde los despachos. El mercado de diamantes manejado por los países avanzados supone un valor nacional que no ha de ser explotado por los sierraleoneses.
La presencia y el contacto del periodista con el misionero y los materiales que este ha recopilado a lo largo de los años son fundamentales. Gervasio Sánchez hace gala de su saber hacer con pequeñas anécdotas y detalles que llaman poderosamente la atención del lector. Por ejemplo, es extremadamente ilustrativo el relato sobre unos niños israelíes que juegan a “judíos y palestinos”[1]. Y es que a veces pequeños detalles pueden resumir una situación mejor que cientos de textos e informes, e incluso son capaces de darle sentido a un capítulo completo. Cuando Chema llega al Bronx, como bienvenida, dos viejecitas le regalan un bate de béisbol. Cuando este les dice que no sabe usarlo y les promete aprender a jugar ellas le contestan: “No es para jugar, padre, sino para que lo ponga detrás de la puerta de su apartamento y lo utilice para defenderse cuando le entren a robar”[2].
Esta obra es un claro ejemplo de periodismo interpretativo en tanto que recoge fielmente testimonios y declaraciones de personas que están implicadas en el conflicto que se relata e incorpora el juicio del periodista y su experiencia en el lugar de los hechos para retratar la atmósfera y la esencia que rodea lo ocurrido. Al mismo tiempo, todo esto está impregnado de una capa narrativa que hace que el lector entre dentro de la historia de los acontecimientos y, en cierto sentido, se implique en aquello que se está contando. En otras palabras, se aleja del frío relato de los hechos y la estructura piramidal para adentrarse en los dramas humanos y personales que tienen más permanencia en la memoria de los lectores.
En cuanto al conflicto de Sierra Leona, Gervasio Sánchez muestra que no es oro todo lo que reluce y que lejos de la crítica que se hace desde algunas películas como Diamante de Sangre (Edward Zwick, 2007) el problema del país es mucho más profundo de lo que parece. Un estado que ha vivido veinte años de guerra civil, la peor guerra que puede enfrentar a los hombres, en la que se ha utilizado a los niños no solo desde el bando rebelde sino también desde el ejército nacional. Una sociedad estigmatizada por las heridas de esta guerra y por las abiertas por algunas organizaciones internacionales que han aplicado modelos de ayuda que funcionaron en otras latitudes pero que no lo hicieron en esta. Los colonizadores han intentado imponer sus criterios en la reinserción social de los excombatientes infantiles en Sierra Leona pero no se han dado cuenta de que la reinserción pasa por la aceptación de los propios esquemas de la sociedad en la que se pretenden reintegrar. Parafraseando la obra, el Mundo necesita a Sierra Leona tanto como Nueva York necesita al Bronx. 



[1] “Los fracasos olvidados”, pág. 94
[2] “El bate de béisbol”, pá124g. 

No hay comentarios: