Mi Cuarto Trastero: Adiós, Sultán

12.2.09

Adiós, Sultán

Creo que era el último domingo del mes; el final de un invierno lento y lluvioso que yo había saboreado, como un caramelo inagotable, desde la ventana de mi habitación, tras esta fortaleza infranqueable de silencios. Cuando le dijeron a mamá que el niño sufría una lesión en el cerebro que le aislaría del mundo, rompió a llorar. Todos estos años, mi ausencia ha sido su llanto. Mamá necesitaba las respuestas que yo no sabía darle. Tal vez por eso papá le compró aquel cachorro al que llamaron Sultán. Sultán ladraba, movía el rabo, era juguetón. Mi madre le lanzaba besitos desde la palma de la mano y reía con él. Yo odiaba a Sultán; y él a mi, creo. A veces me mordía; por eso yo le daba patadas entre las patas traseras cuando estábamos solos; por eso, en su nombre, comencé a mearme en las alfombras y en las patas de los muebles; por eso, el día en que le oí decir a mamá muy enfadada: “Se ha vuelto a mear, Carlos. Tenemos que deshacernos de ese animal”, esbocé una sonrisa. Aquel domingo desayunamos churros y chocolate antes de salir al campo. Fuimos muy lejos. Cuando papá detuvo el coche junto al pinar, dijo: “Todos abajo. A estirar las piernas”, pero mamá se quedó dentro, mirándonos. Recuerdo que me acerqué a los pinos, persiguiendo mi sombra hasta verla confundida con la de los árboles; y que, al volverme, la oí grita: “Vamos, Sultán, sube”. Recuerdo también cómo se alejaron los tres sin despedirse.

José Antonio Montecino Prada

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